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La fase adulta del trabajo híbrido: ¿fin de la flexibilidad?

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Innovación Organizativa

Es oficial: el trabajo híbrido ha dejado de ser una excepción para convertirse en una realidad en la mayoría de las organizaciones.

Tras años de ajustes, debates y mandatos cruzados, el tira y afloja entre presencialidad y flexibilidad da paso a un escenario más maduro, con expectativas más claras por ambas partes.

En este artículo analizamos cómo el trabajo híbrido y la flexibilidad laboral están evolucionando hacia modelos más definidos y sostenibles; qué esperan hoy empresas y empleados; y por qué el foco ya no está en el número de días en la oficina, sino en diseñar entornos capaces de adaptarse a distintos roles, necesidades y momentos profesionales.

Del modelo híbrido improvisado a una flexibilidad definida

La llegada repentina de la pandemia dio pie a lo que hoy conocemos como "nuevas formas de trabajar", diferentes respuestas a un contexto excepcional que requería soluciones ágiles, adaptables y poco comprometidas.

Estos modelos que nacieron como una solución transitoria han dado paso a esquemas más estables y sostenibles, pensados para funcionar a largo plazo tanto para las organizaciones como para las personas. 

La flexibilidad ha dejado de ser un beneficio para convertirse en un sistema real de gestión.

Si bien el debate original se orientaba en torno a la necesidad o no de ir a la oficina, la pregunta hoy es cuándo y para qué tiene sentido encontrarse: incorporaciones, proyectos compartidos, innovación o desarrollo profesional, según los últimos estudios de McKinsey.

 

Qué esperan hoy empresas y personas

En este escenario más maduro, las expectativas entre organizaciones y equipos empiezan a alinearse. Y, aunque las prioridades no siempre son las mismas, sí comparten un punto en común: la necesidad de claridad. Un acuerdo compartido con reglas explícitas y predecibles que tienen en cuenta distintos roles, necesidades y ritmos de contribución.

Por parte de las empresas, la flexibilidad se entiende cada vez menos como una concesión y más como una herramienta para mejorar la coordinación, reforzar la cultura y sostener la productividad.

Para los equipos, el enfoque se ha vuelto más realista. Se prioriza la autonomía con sentido, la previsibilidad y la posibilidad de organizar el trabajo de forma compatible con distintos momentos vitales y profesionales.

La conexión con el equipo y la visibilidad también ganan peso como palancas de crecimiento y aprendizaje.

 

Cuándo y cómo ir a la oficina: el eje del debate

En este contexto el espacio de trabajo adquiere un papel fundamental. Para las empresas deja de ser un mero contenedor, para convertirse en una herramienta estratégica, capaz de acompañar su cultura y su forma de trabajar.

Encontrar la fórmula adecuada en términos e flexibilidad, servicios y configuración se vuelve clave para sostener la colaboración, facilitar el encuentro y dar coherencia al modelo organizativo.

Desde la perspectiva de las personas, el espacio de trabajo también gana peso en la toma de decisiones. La oficina ya no es un lugar al que se acude por obligación, sino un entorno al que merece la pena desplazarse cuando aporta valor real. La calidad del entorno, su capacidad para facilitar la concentración, el intercambio o la conexión con el equipo se convierten en un factor diferencial a la hora de decidir cuándo y cómo ir a la oficina.

Así, el debate deja de centrarse en la presencialidad, y se desplaza hacia una cuestión más relevante: qué tipo de espacios hacen que el trabajo tenga sentido para ambas partes.

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