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Pensamiento crítico: una habilidad clave en la era de la IA

Innovación Organizativa
Tecnología

“Comer más de dos kilos de queso al día podría estar relacionado con una mayor esperanza de vida. La explicación está en la particular estructura del queso, conocida como “matriz láctea”, que hace que sus proteínas, grasas y minerales se absorban de una manera mucho más lenta y eficiente que cuando se consumen por separado. Durante la fermentación, además, las bacterias responsables de la maduración producen péptidos bioactivos y otros compuestos que parecen favorecer el equilibrio de la microbiota intestinal y mejorar la utilización del calcio y el fósforo”.

¿No te suena real y creíble esta barbaridad? (spoiler: es falsa) El otro día en una sobremesa con mi madre le pedimos a un robot de bolsillo que nos diera un texto asegurándonos que el atracón de queso que nos estábamos pegando no era malo. Es más, que era buenísimo, y nos lo dio. Danos la razón, vinimos a pedir. Y nos la dio. 

Esto me recordó a cuando, antes de la sobredosis de IA de los últimos años, de una forma similar, tantas veces hemos resuelto una discusión entre amigos buscando en Google y citando, casi con un golpe en la mesa, que, mira, tengo razón, lo pone en Pepe Pérez Punto Com.

Pero, ¿por qué nuestro cerebro a veces confía tanto y tan rápido? ¿No será que quiere hacerlo?

Aquí nos encontramos con el concepto de descarga cognitiva (y yo creo que se agrava en función de las inseguridades de cada quién). Básicamente es que sí, que nuestro cerebro está diseñado para ser más eficiente y para ahorrarse unas monedas siempre que puede.

Algo que no tiene que ser malo por defecto: el coeficiente intelectual medio de los humanos subió durante décadas mientras usábamos calculadoras para problemas complejos en nuestro día a día (no digo que sea por eso, pero desde luego no parece que nos hicieran más tontos). Tampoco parece ser un problema delegar memoria en una agenda o navegación en un GPS si eso nos libera recursos para otras cosas. 

La diferencia está en si delegamos la ejecución o delegamos el criterio.

 

Lo que dejamos de ejercitar

El problema es lo que estamos dejando de ejercitar porque las dificultades, parece, no son únicamente obstáculos, algunas también funcionan como entrenamiento. 

Volviendo al ejemplo del GPS, cuando usábamos un mapa de papel para llegar a algún sitio teníamos que construir un modelo mental del recorrido. Ibas buscando puntos de referencia: «he pasado esta montaña o este cruceiro», «estoy aquí o allá». Constantemente introducías puntos de validación pero ahora con Google Maps simplemente tienes que seguir una línea azul.

No significa que el mapa de papel fuese mejor, significa que el esfuerzo que antes realizabas formaba parte del proceso cognitivo. Quizá el riesgo de delegar cada vez más procesos cognitivos no sea únicamente que dejemos de hacer determinadas tareas sino que dejemos de ejercitar las capacidades que esas tareas nos exigían.
Si el pensamiento crítico, que es de lo que venía a hablar, se construye, entre otras cosas, mediante la práctica de cuestionar, contrastar y decidir, ¿qué ocurre cuando empezamos a delegar precisamente esas operaciones?

Pensamiento crítico es la capacidad de analizar información, ideas o situaciones sin aceptarlas automáticamente, cuestionando supuestos, evaluando evidencia y llegando a conclusiones razonadas en lugar de simplemente repetir lo que se te dice o lo que suena bien (esto sí me lo dijo una IA y además de descargarme trabajo cognitivo lo ha definido mejor que yo). 

Pero ojo, el pensamiento crítico no significa llevar la contraria. No consiste en sospechar de todo ni en buscar siempre un error. Consiste en tener razones para aceptar o rechazar algo y quienes trabajamos en producto digital lo sabemos bien.

 

¿Por qué el pensamiento crítico es más importante ahora?

El pensamiento crítico siempre ha sido importante, no nace con Internet ni con la IA, como insinué arriba. Lo que ha cambiado es el entorno y la frecuencia en que tenemos que ejercerlo.

Antes, acceder a información requería tiempo y esfuerzo. Ahora tenemos una cantidad enorme de información disponible inmediatamente. Buscadores, redes sociales, algoritmos, recomendaciones y ahora la IA nos proporcionan respuestas constantemente, a veces incluso sin pedirlo.

La cuestión ya no es únicamente «¿puedo encontrar esta información?», sino «¿sé qué debo hacer con ella?».

Y aquí es donde los humanos deberíamos plantearnos si realmente es más importante que antes o si, quizás, simplemente resulta más visible y necesario porque las herramientas han reducido radicalmente la fricción para acceder a respuestas.

La IA lleva la descarga cognitiva un paso más allá

Aquí la IA introduce algo nuevo. Ya no hablamos solo de delegar una tarea concreta como recordar, calcular o encontrar un camino. Podemos delegar el proceso completo: buscar información, resumirla, compararla, generar argumentos e incluso ayudarnos a tomar una decisión.

Y cuanto más capaz es la herramienta, más fácil resulta hacerlo (y para el cerebro genial, ¡que hay muchas tareas por hacer!).

Pero el problema no está en delegar. Lo hacemos constantemente y muchas veces tiene todo el sentido. La cuestión es qué parte del proceso dejamos de hacer nosotros cuando delegamos.

Por eso deberíamos empezar a relacionarnos con la IA más como una herramienta que como un oráculo. No preguntarle únicamente qué debemos pensar, sino utilizarla para ampliar nuestro propio proceso; pedirle alternativas, buscar contradicciones, cuestionar nuestros supuestos o encontrar aquello que podemos estar pasando por alto. 

Porque una respuesta convincente no es necesariamente una respuesta correcta.

Y volviendo al queso para cerrar

El problema de aquel texto sobre los dos kilos de queso no era que una IA pudiese inventárselo. Era que nosotros podíamos leerlo, encontrarlo razonable y quedarnos tan tranquilos.

Al final, el pensamiento crítico no consiste en desconfiar de la tecnología, sino en saber cuándo merece la pena dejar de confiar automáticamente en ella. Claro que no necesitamos volver al mapa de papel ni renunciar a las herramientas que nos hacen la vida más fácil.

Pero sí podemos preguntarnos, cada vez que delegamos una tarea, ¿estoy ahorrando esfuerzo o estoy dejando de ejercitar algo que debería seguir sabiendo hacer? ¿estoy renunciando a un conocimiento que tengo por uno que no voy a comprobar?

Porque tal vez la pregunta importante no sea qué podemos dejar de pensar gracias a la tecnología, sino qué queremos seguir pensando nosotros.


Sobre Jacobo Busto

Jacobo Busto es estratega y consultor de producto digital. Lleva 20 años trabajando en los ámbitos del diseño, producto, tecnología y negocio.

A lo largo de su carrera ha liderado equipos y proyectos digitales, evolucionando desde el diseño y la experiencia de usuario hacia la estrategia de producto y el liderazgo de equipos y organizaciones.

Actualmente trabaja de forma independiente, ayudando a empresas y equipos a abordar problemas complejos de producto, experiencia y colaboración. También es profesor, mentor y formador en programas de producto y diseño digital.

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