Podemos trabajar prácticamente desde cualquier lugar. Reunirnos por videollamada, compartir documentos en tiempo real, o incluso sacar adelante un proyecto sin coincidir físicamente ya forman parte de nuestro día a día. Y, sin embargo, seguimos buscando momentos para encontrarnos.
Porque compartir un espacio de trabajo aporta algo difícil de trasladar a una pantalla: conversaciones imprevistas, intercambio de ideas entre tareas o simplemente la posibilidad de coincidir y crear lazos con otras personas durante la jornada.
Pero estar en el mismo lugar no significa necesariamente crear comunidad. Si estar juntos no basta, ¿qué hace que un espacio de trabajo favorezca realmente las relaciones entre personas?
Cuando dejamos de coincidir, también dejamos de compartir
La flexibilidad nos ha permitido elegir mejor dónde trabajar y organizar nuestro tiempo de otra manera. Pero también ha reducido parte de esas interacciones que antes surgían de forma espontánea.
Puede parecer algo menor, pero estos encuentros tienen un peso importante en nuestro día a día profesional. Cuando disminuyen, nuestras relaciones tienden a concentrarse únicamente en los equipos y personas con las que ya colaboramos, reduciendo las oportunidades de intercambiar información o establecer nuevos vínculos.
De hecho, un estudio realizado a 61.000 empleados de Microsoft observó que, durante el trabajo en remoto, el tiempo dedicado a colaborar con personas de otros departamentos cayó alrededor de un 25% y las redes profesionales se volvieron más aisladas.
Y es precisamente en esas relaciones menos habituales donde surgen muchas oportunidades para compartir conocimiento, incorporar nuevos puntos de vista y ampliar nuestra red dentro del entorno profesional.
El reto, por tanto, no es simplemente conseguir que coincidamos físicamente. Es recuperar oportunidades de relación que nos aporten.

Espacios que facilitan el encuentro
Las relaciones no se pueden diseñar, pero sí podemos diseñar espacios que hagan más fácil que ocurran.
El sociólogo Eric Klinenberg utiliza el concepto de infraestructura social para referirse precisamente a aquellos lugares físicos que favorecen que las personas se detengan, coincidan y establezcan vínculos.
Una idea que, trasladada al entorno laboral, implica pensar más allá de los espacios destinados a una única función. Una cantina que incorpora mesas para trabajar o reunirse, o una zona de paso con mobiliario para sentarse, aumentan el tiempo que pasamos en espacios compartidos y, con ello las posibilidades de coincidir con otras personas.
La clave no está tanto en crear un lugar específico para socializar, como en integrar esas oportunidades de encuentro en el recorrido habitual de nuestra jornada.

Del espacio compartido a la comunidad
Compartir espacio de trabajo amplía las posibilidades de relación más allá de nuestro propio equipo. Durante una misma jornada podemos coincidir con personas de otras empresas, sectores y perfiles profesionales con las que, de otra manera, probablemente no tendríamos contacto.
Pero igual que ocurre con el diseño, la proximidad por sí sola no garantiza que esas conexiones se produzcan. La comunidad también necesita cultivarse.
Y aquí no se trata de llenar un calendario de actividades, sino de dar motivos para encontrarse y facilitar que las relaciones puedan continuar después. Ahí es cuando compartir espacio empieza a significar algo más que trabajar en el mismo lugar.
En Utopicus, este es el objetivo de la programación de eventos ya actividades. Nuestros pilares nos ayudan a dar sentido a cada propuesta y a crear puntos de encuentro alrededor de intereses compartidos, capaces de reunir a profesionales con perfiles muy diferentes. Así, la comunidad no nace únicamente de compartir espacio, sino que adquiere una identidad propia, marcada por la forma en que entendemos y vivimos Utopicus.

Hoy tenemos más libertad que nunca para decidir desde dónde trabajar. Y quizá precisamente por eso, los lugares que elegimos compartir tienen que ofrecernos algo que no encontramos cuando trabajamos solos.
La comunidad forma parte de ese valor. Porque la oficina no es únicamente el lugar en el que hacemos nuestro trabajo: también puede ser donde conocemos otras perspectivas, ampliamos nuestro círculo y surgen conversaciones que no estaban en la agenda.
Seguimos necesitando encontrarnos, pero cada vez importa más que esos encuentros tengan sentido.